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Ir a la peluquería, comprar un teléfono, rellenar unos papeles, dar un paseo por Zaragoza. Parecen actividades simples, pero cuando tienes 92 años, como Ramón y Benedicta, Matrimonio aragonés, no es así. “Las calles no están muy diseñadas para que las personas mayores caminen, y eso solo te das cuenta cuando las acompañas del brazo”. Explícalo Emilia civeira, que a los 69 años y junto a su marido, Joaquín Ferrer, De 66 años, acompaña a la pareja de ancianos cada semana.

«Y claro, siempre terminamos la caminata con una tertulia, un café, un vino», aclara Emilia. Son voluntarios de Personas mayores en la red, entidad que lucha contra soledad involuntaria de las personas mayores y que recientemente ha sido seleccionada dentro del Programa de ayudas a la Obra Social de la Obra Social ”la Caixa”.

A Rosa Plantagenet-Whyte, fundador de Seniors en Red, le gusta llamar “amigos” a los voluntarios. Son personas «con experiencia», adultas, a veces jubiladas y con tiempo que ofrecen su cariño y disponibilidad a las personas mayores que, en muchos casos, no tienen familia ni amigos.. «Ven conmigo para no estar solo» es el nombre del proyecto que la Obra Social ”la Caixa” ha seleccionado este año dentro de la convocatoria de Promoción de la autonomía y la atención al envejecimiento, la discapacidad y la enfermedad, reafirmando su compromiso con las entidades sociales ante la crisis provocada por la pandemia de coronavirus.

«La soledad y ese sentimiento de que nadie se preocupa por ti es muy duro»

Rosa, que decidió junto a Emilia y otros socios iniciar este proyecto en 2016, era muy consciente de los problemas que existían con la soledad de las personas mayores, ya que trabajó toda su vida como especialista en gerontología. «Cuando hay un deterioro físico y mental y la red de amigos o familiares se rompe, esa soledad es muy dura, esa sensación de que a nadie le importas «dice Rosa, que tiene a mano decenas de historias en las que los voluntarios han mejorado la vida de los ancianos (y viceversa).

Una de las historias más emblemáticas es la de Miguel, de 80 años, sordociego, que salía todas las mañanas a pasear varias veces por la residencia donde vive en Zaragoza unas cuantas veces al día, porque iba solo y era el único manera que podía hacer. . «Cuando conoció a Rafa, hasta la catedral del Pilar se fueron», dice Rosa, que explica que Durante el encierro mantuvieron contacto telefónico, como otra pareja de «amigas» en la que la señora, también ciega, fue acompañada por un voluntario a clases de yoga.. «Durante el encierro, le envió un regalo por su cumpleaños», recuerda.

Y claro, a Rosa también le tiene cariño eso «Circulo mágico» amistad formada por las parejas campesinas de Ramón y Benedicta, Emilia y Joaquín, con las que iniciamos esta historia. Pero no solo destacan los beneficios para la pareja de ancianos. “Es lindo que Emilia convenciera a su esposo Joaquín, quien se jubiló más tarde que ella y se unió a la iniciativa. Insistimos en que puedes ser voluntario con tu pareja, con un familiar o con un amigo”Dice Rosa.

La pareja mayor, que vivió hasta hace unos años en un pequeño pueblo cercano a Calatayud hasta que se mudaron a Zaragoza, «Se quieren mucho, pero sus fuerzas son débiles», explica Rosa, “y tenían dificultades para ir a comprar una bombilla o saber lo que tenían que pagar para que un técnico arreglara su lavadora”. Emilia y Joaquín elogian a Rosa, “tienen la grandeza de devolver a través de la ayuda lo que, en algún momento, han recibido”. Es la forma más precisa que puede encontrar para explicar el trabajo de los voluntarios.

«Puedes ser voluntario con tu pareja, con un familiar o con un amigo»

Para Emilia, que también trabajó toda su vida en cuidados intensivos en salud y que ha vivido toda su vida en Zaragoza, Uno de los aprendizajes más hermosos con sus amigos mayores son las historias del mundo rural.. “Tienen memoria de años pasados ​​y cuentan esas cosas que han vivido en el pueblo, trabajando en su entorno, en la agricultura. Incluso si llevamos 20 años, la diferencia en la vida es muy grande. Valoran mucho más los zapatos y las sábanas, y duran años. Pero sobre todo, lo que más me llama la atención es que siempre hablan de la gente del pequeño pueblo como si fueran familia, como si fueran ellos mismos ”.

Emilia y Joaquín muestran fotos de sus hijos y también cuentan las historias de su familia a la pareja mayor, que nunca tuvo hijos. Durante el encierro hablaron por teléfono a diario y un día les dio un susto porque Ramón y Benedicta lo tuvieron en silencio y no respondieron. Fueron a su casa para ver qué había pasado.

“Están preocupados por el coronavirus, pero no viven con miedo. Desde una edad las cosas pierden importanciaY si cuando eres joven te quieres comer el mundo, entonces la vida se centra mucho más en el presente, en el día a día, para ver qué pasa hoy ”, reflexiona. Y cuando van por la calle, Benedicta se la muestra a los vecinos: “Les dice a sus conocidos que soy como su hermana. Creo que no hacemos mucho, pero ella considera que les hemos dado vida.”, Concluye Emilia.

Texto: Alemán Aranda
Ilustración: Sonia Alins